Habíamos festejado el cumpleaños número cuarenta y dos de mi
tío Fernando. Su fiesta fue sorpresa. Dos días antes, mi mamá y yo fuimos a
buscar el regalo. Le compramos un encendedor. La verdad, no sabíamos qué obsequiarle, pero pensamos en algo que mi tío usara a diario. Cuando encontramos
el encendedor, lo mandamos a personalizar con su nombre y el escudo del Pumas.
Habíamos escogido ese presente porque mi tío fumaba mucho y su equipo favorito era el Pumas. También le
compramos un bote de gas butano y unas perlas. Según la señorita que nos
atendió, servían de repuesto. La esposa de mi tío se encargó de la comida, de
alquilar las mesas con sus sillas y de las bebidas; la hermana de mi tío, del
pastel; mi otra tía, del mariachi y nosotros, de los desechables, los adornos
florales, refrescos y dos botellas de Torres 20. El día de la fiesta mi tío
estaba muy emocionado: no paraba de llorar. Después de la ronda de abrazos y
felicitaciones, comimos.
Todo estuvo delicioso. A las diez de la noche llegó
el mariachi. Todos con un vaso de tequila en la mano cantamos "Perdón" de
Vicente y Alejandro Fernández, "La Bikina" de Rubén Fuentes, "La última
canción" de Paulo Sérgio y obviamente "Las Mañanitas". Estuvimos baile y baile,
hasta que llegó la hora de partir el pastel. Todos con lagrimas en los ojos
volvimos a entonar las mañanitas. Como a la una de la mañana, ya estábamos todos
bien borrachos. Aunque estaba lloviendo, seguimos con la fiesta. La reunión
terminó a las seis de la mañana. Todos nos quedamos a dormir en la casa de
mi tío. No hubo problema para acomodarnos, ya que la casa era muy grande y
tenía muchas camas.
Al otro día, nos levantamos a las tres de la tarde e hicieron el recalentado. Terminando de comer, fuimos a dar un paseo a la
plaza. Entramos al cine, compramos para cenar y de regreso pasamos a donde mi tía
había rentado las mesas para avisar que ya podían pasar por ellas. Ya en la
casa de mis tíos estuvimos un rato cuando, de repente, llegó mi primo con mi sobrina. Mi tío estaba muy feliz, le fascinaba el papel de abuelo. Estuve
cuidando el restó del día al bebé, lo cual no me molestaba. Después de un
rato todos nos despedimos y nos fuimos a nuestras casas.
Esos días los recuerdo muy bien, ya que por primera vez había estado
toda mí familia, pues por motivos de tiempo o situaciones no había sucedido.
